LAS ROSAS ROJAS DE DALLAS

EL ASESINATO DE JOHN F. KENNEDY

Por David Estrada

A las once y cincuenta y cinco minutos de la mañana del 22 de noviembre de 1963, un cortejo de casi una docena de vehículos cruza la verja del aeropuerto Love Field de Dallas. Dos coches de la policía, adelantados, abren paso al automóvil presidencial, un Lincoln negro matrícula GG300. En el interior, sus seis pasajeros están sentados en parejas: los agentes Roy Kellerman y Bill Green en los asientos del piloto y copiloto; el gobernador John Connally y su esposa Nellie en dos incómodos asientos plegables en la parte intermedia, él a la derecha de ella; y el presidente John Fitzgerald Kennedy y su esposa Jackie en el asiento de atrás, llevando entre los dos un ramo de rosas rojas que ella recibió al bajar del avión. Un conjunto de 20 rosas tejanas, amarradas con un gran moño dorado. Cuatro motos, dos de cada lado, marchan inmediatamente detrás del vehículo identificado por el Servicio Secreto con la clave SS 100 X.

En el trayecto que los conduciría al edificio Trade Mart -donde se tiene preparado un gran banquete-, la caravana se detiene dos veces por orden del presidente. La primera, en la esquina de Lemmon Avenue y Lomo Alto Drive, donde hay un grupo de niños con una pancarta que dice: “Señor presidente, deténgase, por favor, y dénos la mano”. El primer mandatario accede de buena gana y hasta se deja fotografiar con ellos, ante la mirada desesperada de los guardaespaldas. La segunda ocasión, en Reagan Street, Kennedy se baja del coche para saludar de mano a un grupo de monjas.

El presidente demócrata se encuentra en el arranque de su campaña por la reelección. La ciudad de Dallas, contrario a lo que se pensaba, estaba siendo muy cálida con John y Jackie, tanto, que a las 12:29 en que el vehículo abandona la calle Main para adentrarse en la Houston, la esposa del gobernador Connally, Nellie, encantada por la acogida, se inclina hacia atrás en su asiento plegable para decir: “No puede decirse que Dallas no lo quiera, señor presidente”. Con una amplia sonrisa que ilumina su rostro, Kennedy contesta: “No, desde luego”.

En ese momento el chofer da vuelta al volante para entrar en Elm Street. Decenas de cámaras registran cada momento. Por la radio, el agente Emory Roberts -en el automóvil de escolta que sigue al Lincoln presidencial, que avanza a 18 kilómetros por hora- se comunica al Trade Mart para avisar: “En cinco minutos más estaremos ahí”. Y escribe en su bitácora: “12:35. El presidente Kennedy llega al Trade Mart”.

Justo en el momento en que Kennedy responde el saludo de Charles Brend, un niño de cinco años, se escucha 'un estallido agudo y cortante', según varios testigos. Aún cuando la mayoría piensa que se trata del sonido de un tubo de escape o un petardo, varios miembros de la caravana identifican inmediatamente el ruido como un disparo de fusil.

JFK, con una expresión rara en el rostro, se inclina hacia delante cogiéndose el cuello. Una bala de seis milímetros y medio ha penetrado en la parte posterior de su cuello, cortándole el nudo de la corbata. Jackie observa desconcertada. El agente Kellerman escucha al presidente decir: “¡Dios mío, me han disparado!”. Prosiguiendo su trayectoria -según determinó posteriormente la investigación oficial-, la misma bala que hiere en el cuello al presidente ('la bala mágica', ironizaría más de uno), penetra en la espalda, el pecho, la muñeca derecha y el muslo izquierdo del gobernador de Texas, quien se cae a la izquierda, sobre el asiento de su mujer. Presa del pánico, Connally alcanza a gritar antes de desvanecerse: “No, no, no! ¡Nos van a matar a todos!”.

Entonces, un segundo y mortal disparo se escucha por toda la plaza Dealey. La cabeza del presidente rebota violentamente hacia atrás, salpicando de sangre todo lo que le rodea. Jackie, horrorizada, hasta ese momento alcanza a comprender la magnitud de lo que esta estallando ante sus ojos: “¡Lo han matado!, ¡Lo han matado! ¡Jack, te quiero!”, grita la primera dama con desesperación. Nellie Connally, por su parte, tratando de mantener la calma, acerca su boca al oído de su marido y le susurra: “Todo irá bien, tranquilízate”.

El reloj de la muñeca izquierda del presidente marca las 12:30 horas.

El convoy presidencial se dirige a toda velocidad hacia el hospital Parkland, poniendo en peligro la vida de la primera dama que, buscando un lugar seguro y con la mente nublada por los acontecimientos, se desliza a gatas hacia la cajuela del Lincoln. En ese mismo momento, el chofer oprime con su pie el acelerador. Jackie se tambalea. La oportuna intervención del agente Clint Hill, que trepa al vehículo a toda prisa, regresa a una histérica primera dama a su asiento, manchado con la sangre y parte del cerebro del presidente.

El rostro de Kennedy se ha paralizado. Sus pupilas están dilatadas. “¡Lo han matado! ¡Lo han matado!”, repite Jackie una y otra vez.

La llegada al Parkland es por demás dramática. Jackie se aferra a su marido y no quiere que se lo lleven. “Es necesario”, le dice pacientemente un médico. La mujer, desmaquillada por el llanto, finalmente accede. No sin antes pedir que cubran con una chamarra el rostro desfigurado de su amado Jack.

En el interior del nosocomio, en la Sala de Urgencia No. 1, los esfuerzos son inútiles. Apenas llega el doctor William Clark para intervenir, se voltea hacia sus colegas para decirles: “¿Ya vieron la herida de la cabeza?”. Falta un trozo del cráneo y gran parte del cerebro. Acto seguido, Jacqueline llega hasta el galeno y en silencio le entrega parte de la masa encefálica que ha retirado de su propia ropa.

El corazón de John F. Kennedy deja de latir a la una de la tarde, según certifica el acta de defunción. En ese momento, de facto, el vicepresidente Lyndon B. Jonson pasa a convertirse en el hombre más poderoso de los Estados Unidos.

Para esas horas, según un estudio de la Universidad de Chicago realizado en el invierno de 1964, 68 de cada 100 adultos norteamericanos sabían por algún medio que habían disparado contra el presidente Kennedy. Era el inicio de una tragedia que marcó a toda una generación...

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David Estrada

Es licenciado en Mercadotecnia, periodista, historiador, productor, locutor y conductor de radio y televisión en Querétaro con 31 años de experiencia. Ha publicado ocho libros de corte histórico, entre los que destacan: “Querétaro en la memoria de sus gobernantes 1939/1985” y “Querétaro Inédito (volumen I, II y III)”.
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