MI INFANCIA EN TLATELOLCO 1968

Por David Estrada.

En 1968, un año antes de la llegada del hombre a la LUNA, todos los niños queríamos ser astronautas. Esta fotografía fue tomada seis meses antes de la sangrienta matanza estudiantil, en la PLAZA DE LAS TRES CULTURAS, en TLATELOLCO. En ella aparezco sosteniendo mi enorme cohete espacial, un regalo del Niño Dios en Navidad, acompañado por mi hermana menor (con su muñeca en brazos) y mi hermano mayor (con su OSO YOGUI a un lado). Lejos estábamos de imaginar que unos meses más tarde, el 2 DE OCTUBRE, esas mismas piedras sobre las que caminamos, quedarían manchadas de sangre de decenas (¿o cientos?) de inocentes, víctimas de la represión del gobierno de GUSTAVO DÍAZ ORDAZ.

Antecedente. En 1966, mis padres y mis hermanos vivíamos en el MULTIFAMILIAR JUÁREZ pero, debido a problemas en la estructura del edificio (tenía cuarteaduras), mi bisabuela materna, que era amiga de la señora GUADALUPE BORJA DE DÍAZ ORDAZ, consiguió que nos cambiáramos a otro edificio, nuevo, ubicado en la UNIDAD NONOALCO TLATELOLCO, inaugurada por el presidente ADOLFO LÓPEZ MATEOS en 1964. Un enorme edificio con elevador, que quedaba justo enfrente a la PLAZA DE LAS TRES CULTURAS y a las modernas oficinas de la secretaría de RELACIONES EXTERIORES. En el departamento 1205 del doceavo piso.

En ese tiempo, mi padre, con apenas 29 años, trabajaba como encargado del departamento de DISEÑO INDUSTRIAL de la CÁMARA NACIONAL DE LA INDUSTRIA DE PLATERÍA Y JOYERÍA. Y mi madre, se recuperaba de un edema cerebral que le había borrado parcialmente la memoria, realizando grandes flores de papel y manualidades de diverso tipo.

Ahí, en TLATELOLCO, fui al kínder. Al “BATALLÓN DE SAN BLAS”. Ahí, también, participé en mi primer festival escolar. Yo, vestido de conejito, y mi hermano de caballero águila. Ahí, también, pasé mi primera pena escolar, cuando mi hermano me llevó de regreso a casa pues me había ensuciado los pantalones debido a una diarrea incontenible.

Eran nuestros amigos tres niños que, después supimos, formaban parte de la ‘segunda familia’ de un reconocidísimo médico y senador tabasqueño, que perdió la vida en un accidente automovilístico cuando realizaban un viaje de placer. Solo él murió. Y su muerte fue noticia de primera plana. Para nosotros fue muy triste y hasta cierto punto incomprensible, enterarnos como nuestros amigos, de ser unos niños mimados y consentidos, tras la repentina muerte de su padre, tuvieron que dejar la escuela y buscar trabajo como ‘cerillos’ en el supermercado para poder salir adelante.

En ese enorme departamento con piso de parqué, conocí la terrible experiencia de los temblores. ¡En un doceavo piso! Y ahí, también, conocí la terrible sensación que producen los gases lacrimógenos, cuando desde lo alto mirábamos hacia la plaza a los estudiantes de la VOCACIONAL 7 manifestarse contra el gobierno, siendo reprimidos por la policía con ese gas que pica terriblemente los ojos y solo aminora un poco su efecto mojándose con agua el rostro.

La semana previa al 2 de octubre nos fuimos de casa, aconsejados por una amiga de mi mamá, madre de dos compañeras del kínder, que era esposa de un agente de la OFICINA FEDERAL DE SEGURIDAD. “Váyanse y no regresen hasta que el conflicto estudiantil se haya terminado”, le dijo a mamá. “Aquí se va a poner muy feo”, aseguró.

Y, afortunadamente, la tarde de aquél sangriento miércoles 2 de octubre, mis padres, mi hermana y yo no estuvimos ahí. Pero mi hermano mayor sí.

Mi abuela paterna, simpatizante del movimiento estudiantil, no se quiso perder el mitin de aquella tarde. Y acudió al lugar, con el pretexto de ir a comprar un pastel para el santo de mi tío en la PANADERÍA ACAPULCO que quedaba debajo de nuestro edificio, justo enfrente a la PLAZA DE LAS TRES CULTURAS.

Mi hermano, nos platicaría después, pudo verlo todo: los cientos de estudiantes congregados en la plaza, la silenciosa llegada del ejército, el vuelo del helicóptero, las tres bengalas que desatarían el caos y la estrepitosa huida de todos los presentes.

"Señora, ¿qué hace aquí parada? ¡Váyase a su casa! ¡Nos van a matar a todos!", le dijo un hombre a mi abuela que, con un pastel en las manos, no atinaba a distinguir si el ruido que había interrumpido los discursos era de cohetes o de balas. Y milagrosamente reaccionó. Al ver a la multitud corriendo despavorida, alcanzó a tomar un taxi y con mi hermano registrándolo todo en su inocente mente infantil, rápidamente se alejaron del lugar, rumbo a su casa en SANTA MARÍA LA RIVERA.

Mi hermano tardaría meses, años, en asimilar lo ocurrido. Desde aquella noche ya no pudo dormir más con la luz apagada. Y cada vez que intenta platicar lo que presenció, un sudor frío recorre todo su cuerpo... Involuntariamente, había sido testigo de una de las más negras páginas de nuestra historia.

IMÁGENES IMPACTANTES DE LA MASACRE DE TLATELOLCO: https://www.youtube.com/watch?v=TefK3hDrcqM

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David Estrada

Es licenciado en Mercadotecnia, periodista, historiador, productor, locutor y conductor de radio y televisión en Querétaro con 31 años de experiencia. Ha publicado ocho libros de corte histórico, entre los que destacan: “Querétaro en la memoria de sus gobernantes 1939/1985” y “Querétaro Inédito (volumen I, II y III)”.
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