ESCOMBROS DEL PASADO

Por David Estrada.

La otra mañana, caminando por la calle de MORELOS, entre ALLENDE y GUERRERO, me topé con la puerta abierta de la casa donde viví mi transición de niño a adolescente. Y tuve la suerte de poder entrar ya que, al notar mi curiosidad, me lo permitieron los albañiles que se encargan de las obras de remodelación que se realizan con gran rapidez. Qué sensación tan extraña experimenté al volver a cruzar el portón de fierro y cristal de aquella casa, ahora totalmente demolida. Literalmente no había piedra sobre piedra, ni muros tampoco. Si acaso, marcados en el piso, los límites de lo que alguna vez fueron la sala, las recámaras, el comedor, la cocina y el pequeño cuarto de servicio, mi refugio en los días más difíciles que pasé en aquellos años.

Por primera vez, después de cuarenta y cuatro años, volví pisar el terreno que ocupa aquella casa que mi padre rentó a la señora CONCHITA LARA cuando nos cambiamos de PASTEUR 17 NORTE y donde, con algunas carencias pero mucho amor, todos fuimos tan felices. Y todos, por última vez, estuvimos juntos. Compartiendo alegrías y tristezas. Triunfos y fracasos.

La primera impresión que tuve apenas ingresé, fue lo pequeña que en realidad es esta casa, cuando en su tiempo me pareció todo lo contrario.

Poco a poco, ingresé a los escombros de aquella casa que comencé a reconstruir en mi mente. Cuarto por cuarto.

La sala, totalmente rodeada de libreros y, en una esquina, el enorme equipo modular de mi padre (tocadiscos, radio, casetera y dos enormes bocinas), que mis hermanos y yo encendíamos en la clandestinidad para grabar casetes con la música de moda que se transmitía por RADIO DÓLAR y CANAL 98, mi favorita. La sala de terciopelo rojo, marca DIXIE, en la que, sentado y casi temblando, recibí mi primer beso de película. Y la ventana de madera, en la que se veía a las personas transitar por la calle.

En seguida, el cuarto de mis padres y mi hermana. El lugar donde estaba la televisión SONY, la primera que tuvimos en COLOR, que toda la familia aceptamos que papá comprara a cambio de unas vacaciones. Ahí, mi padre en la cama y yo sentado frente a la TV, recuerdo que conocí por primera vez a mi ídolo, SHAUN CASSIDY, en una entrega de los premios GRAMMY en la que estaba nominado, en febrero de 1978. Ahí, también, cada semana no me perdía por el CANAL 5, aquellas inolvidables series norteamericanas de las que era adicto: “INTRIGA MISTERIOSA” (The Hardy Boys Misteries), “EL CRUCERO DEL AMOR” (The Love Boat), “EL HOMBRE NUCLEAR” (Six Million Dollar Man), “DÍAS FELICES” (Happy Days), “LOS ÁNGELES DE CHARLIE” (Charlie’s Angels), “DINASTÍA”, “DALLAS” y “FALCON CREST”.

En el siguiente cuarto, el que ocupábamos mi hermano y yo, cómo olvidar la gran pared de casi cuatro metros de alto, que tapicé con los posters y las fotografías enmarcadas de mis ídolos y mis primeros ‘sueños húmedos’. El lugar donde estaba el pequeño tocadiscos portátil con forma de portafolios, marca SANYO, que reproducía, con esa obsesiva compulsión que reconozco, decenas de veces todas mis canciones preferidas. Eran los tiempos de la MÚSICA DISCO, de “FIEBRE DE SÁBADO POR LA NOCHE”, “VASELINA”, “STAR WARS”, “LA LAGUNA AZUL”, “KING KONG”, de JOHN TRAVOLTA, LOS BEE GEES y OLIVIA NEWTON-JOHN…

En este último cuarto también estaba el baño, con su puerta de madera blanca. El lugar donde, bañándome con la puerta abierta para escuchar “CANAL 98 POR LA NOCHE”, escuché por primera vez a mi otro gran ídolo, ELVIS PRESLEY, y su grandiosa canción “MENTES SUSPICACES” (Suspicious Minds).

Un baño que, como todos, tenía un espejo que fue testigo de mis primeras rasuradas y de la trágica aparición del acné en el rostro, el cual trataba de simular con una pomada de nombre CLEARASIL, que en su presentación “color piel” se parecía más un maquillaje “ANGEL FACE” y dejaba la piel reseca.

Subiendo un escalón ingresábamos al comedor, que en una pared tenía un enorme ventanal con vista al patio y, en la de enfrente, una pesada puerta de madera pintada de color rojo y carcomida por las polillas, que conectaba a la cocina.

En el fondo, entre la cocina y el lavadero que tenía una gran pileta, había un pequeño cuarto de servicio, en el que me refugié varios meses durante el verano de 1981, cuando mi padre me retiró la palabra, decepcionado porque no seguiría la vida que él me había trazado. En ese cuarto, refugiado en mi música y vaciando el corazón en mi diario, me despedí del niño y me enfrenté por primera vez al adolescente que comenzaba a experimentar el despertar a una sexualidad que durante varios meses me llenó de dudas y angustias.

¡Qué felices y que tristes fuimos en esa casa!

Entonces, mi papá, buscando mejorar nuestro nivel de vida, por las mañanas trabajaba como burócrata en la CIUDAD DE MÉXICO, en la SECRETARÍA DE PROGRAMACIÓN Y PRESUPUESTO, y por las noches, como maestro de GRABADO e HISTORIA DEL ARTE en la ESCUELA DE BELLAS ARTES de la UAQ. Y mi madre, multiplicaba el tiempo para cumplir como AMA DE CASA y promotora cultural en el CREA (antes INJUVE y posteriormente IDEREQ), en el barrio de LA CRUZ. Mi hermana estudiaba NORMAL en la “5 DE MAYO” y mi hermano la PREPARATORIA en el “FRAY LUIS DE LEÓN”, antes de que decidiera emigrar a la CIUDAD DE MÉXICO para iniciar su carrera política. Yo, alargaba por cinco años mi estancia en la PREPA SUR, debido a varias materias que había reprobado por la crisis existencial que experimenté en ese tiempo.

Durante muchos años pensamos que en esta casa había un TESORO enterrado. Una suposición que fundamentábamos en el enorme agujero que había en el patio y que nosotros convertimos en un ‘barranco’ para jugar con nuestros cochecitos metálicos, los cuales arrojábamos incendiados al fondo, logrando un efecto espectacular.

Hoy, los albañiles que realizan la remodelación de esta casa, me han sacado de mi error. No, no hubo tesoro alguno. Pero lo que me revelaron, me dejó frío. En las paredes, cuando se realizó la demolición de la casa, se encontraron decenas de huesos, aparentemente humanos. Cientos. Amontonados. Tantos, que tuvieron que ser acarreados con cubetas. “Todavía quedaron algunos por aquí”, me dijo uno de los trabajadores, al tiempo que buscaba entre los escombros de lo que alguna vez fue la recámara de mi hermano y mía. Y, sin más, extendió su mano y me mostró: “¡Mire!”. Efectivamente, era un hueso.

La visita terminó, dejándome un gran sentimiento de nostalgia.

Tomé varias fotografías, algunas de las cuales ilustran esta nota, y con mis dedos rocé por última vez la puerta que tantas veces abrí y cerré, al ser el portero oficial de la casa.

Miré las vigas, toqué el piso y me guardé una pequeña piedra que alguna vez formó parte de los muros.

De aquél pasado, solo quedaron escombros.

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David Estrada

Es licenciado en Mercadotecnia, periodista, historiador, productor, locutor y conductor de radio y televisión en Querétaro con 31 años de experiencia. Ha publicado ocho libros de corte histórico, entre los que destacan: “Querétaro en la memoria de sus gobernantes 1939/1985” y “Querétaro Inédito (volumen I, II y III)”.
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