JOSÉ GUADALUPE RAMÍREZ ÁLVAREZ DE CARNE Y HUESO

Por David Estrada

El 31 de enero de 1986, en un control remoto para la cadena XEJX de la radio queretana transmitido, desde su casa en el número 67 de la calle de Escobedo, el licenciado José Guadalupe Ramírez Álvarez concedió una de sus últimas entrevistas al locutor Héctor Ramiro Cortés. En ella, ignorando todavía la gravedad de la enfermedad que lo aquejaba, conversó sobre su vida, su trayectoria, sus momentos más felices y el destino de su patrimonio.

Dueño de una voz profunda e imponente, el cronista del estado y el municipio de Querétaro reflexionaba en voz alta con el auditorio que lo escuchaba: “En estos días de crisis, es cuando uno se da cuenta de muchas cosas; de lo que hizo bien, de lo que dejó de hacer, de aquello en lo que falló, de los éxitos, de los fracasos, de las frustraciones, de las alegrías. Pero al mismo tiempo, este tiempo es una oportunidad excelente para comprobar todo el afecto, todo el cariño y todo el respeto que se ha podido uno ganar con su trabajo”.

Sentado en el reducido pasillo que conduce a su biblioteca, enfundado en una bata de seda azul, el abogado, escritor, periodista y catedrático dicta a su entrevistador, con voz pausada y firme, lo que vendría a ser su última cátedra: “La mejor herencia que yo pudiera dejarles, es decirles que hasta donde sus capacidades se los permita, trabajen lo más que puedan, que no pierdan tiempo y se dediquen intensamente a servir, hoy más que nunca, a México, a Querétaro y a la humanidad. Ese es el mejor consejo que yo les puedo dar”.

SU ÚLTIMA VOLUNTAD
Ramírez Álvarez, autor de 29 libros sobre la historia de Querétaro y sus personajes, poseía una valiosa colección de máquinas de escribir, una hemeroteca única en su género y una biblioteca que, según él mismo decía, sobrepasaba los 15 mil ejemplares.

“Mi biblioteca -aseguraba-, calculo, tiene ahora entre 15 y 20 mil ejemplares. Y precisamente en los días que he pasado enfermo he pensado seriamente en formar un patronato o fideicomiso para preservarla. Una fundación o lo que sea, que esté integrada por el gobierno del Estado, el municipio de Querétaro y la Universidad. Es mi deseo, cuando yo muera, que ellos busquen mantener físicamente todo lo que está aquí, en mi casa. Mis libros, mis máquinas de escribir, mis escritos. Aquí tengo una hemeroteca única que es, quizá, la más importante del estado. Integrada por una colección que he reunido a lo largo de toda mi vida, que cuenta con los más antiguos periódicos de Querétaro”.

Soltero por decisión, en aquella entrevista radiofónica que concedió a la radio local, Ramírez Álvarez fijó las condiciones que debería de tener el fideicomiso que deseaba se instituyera para conservar sus bienes y proveer de educación a jóvenes -como él alguna vez-, sin recursos económicos.

“La mayoría de los bienes que tengo, pienso dejarlo para que los vendan y se haga un fondo y con eso se sostenga mi casa con todo lo que hay en ella. Y es mi idea que ese capital, que yo apenas iniciaré de una manera muy modesta, se vaya incrementando con donativos particulares para que se puedan ofrecer becas a estudiantes destacados que lo necesiten y que primordialmente les interese el Periodismo y la carrera de Derecho. Esa es mi voluntad”.

LA MUERTE
Apenas once días atrás de esta entrevista, el 20 de enero de 1986, el licenciado Ramírez Álvarez había acudido a la presentación de su más reciente libro, “La Normal de Querétaro”, una edición del Gobierno del Estado, que se realizó en una solemne ceremonia con motivo del primer centenario de esta institución educativa.

Ahí, una vez concluido el acto, el cronista del estado y municipio de Querétaro comenzó a sentirse mal. Mareos, fiebre y náuseas lo acompañaron durante el resto del día, hasta que le sobrevivo una alarmante crisis.

“Por la noche -platicaba Ramírez Álvarez a sus más allegados- pues sí, comencé a sentirme mal. Y me vieron muy mal todos los médicos que se hicieron cargo del problema, especialmente el doctor Paulín Cosío. Según me han podido decir, mi salud se complicó cuando, sin haberme dado cuenta de que no estaba produciendo sangre, pues anduve realizando todas mis actividades habituales: terminé el libro, escribí artículos, fui a Radio Universidad a grabar mis programas y participé muy activamente en los festejos del centenario de la Normal. Pero creo que en unas tres semanas, a lo más, estaré de nuevo retomando el paso”.

Diagnosticado por los médicos locales de una grave enfermedad terminal que en un principio se llegó a confundir con leucemia, acudió a San Luis Potosí a buscar otra opinión. De regreso y con el primer diagnóstico confirmado, Ramírez Álvarez ya no volvió a salir de su casa. El mal estaba muy avanzado…

Conscientes de su gravedad, las autoridades de la UAQ lo nombraron Maestro Emérito, en una emotiva sesión extraordinaria de Consejo realizada el 14 de mayo, y le impusieron su nombre al Aula Forense de la Facultad de Derecho.

En una carta que envió para ser leída en la ceremonia, Ramírez Álvarez mencionaba a los universitarios: “Ignoro si fui maestro ejemplar. El único mérito que me reconozco es haber amado con pasión a esta casa de estudios”.

Murió cuatro días más tarde, la madrugada del domingo 18 de mayo de 1986.

Sus cenizas se repartieron, según él mismo lo pidió, en una cripta en la parroquia de Santa Ana y al pie del monumento a la Autonomía Universitaria, en el Centro Universitario que fundó y tanto amó.

En el homenaje póstumo que le rindió el Gobierno del Estado y la Universidad de Querétaro en la Facultad de Derecho, el filósofo y maestro emérito de la UAQ, Antonio Pérez Alcocer, puso el dedo en la llaga al desnudar las flaquezas y debilidades de Ramírez Álvarez:

“Era un hombre complejo –señaló. Era un hombre que unía sus pasiones humanas con la luz de la inteligencia. Uno de esos hombres torturados por sus pasiones humanas… Tuvo un Dios, porque nunca renegó de su fe; tuvo una bandera, porque nunca renegó de su Patria; y tuvo un amor, porque nunca renegó de su Querétaro y de su Universidad. Era un hombre, como debe ser el hombre, mezcla de grandezas y grandes miserias. Descanse en paz”.

Y es que, aún cuando todos conocían y hablaban en voz baja de las ‘miserias’ y las ‘pasiones humanas’ del maestro y el cronista, pocos se habían atrevido, hasta entonces, a decirlas públicamente. Era el escándalo en medio del dolor.

TRISTE EPILOGO
La última voluntad de J. Guadalupe Ramírez Álvarez, en cuanto a sus bienes, se perdió en el burocratismo judicial.

Las semanas siguientes a su deceso, su casa se convirtió en un botín para aquellos que, con razón o sin ella, se dijeron con derecho a ella y a todo lo que estaba atesorado en su interior.

Familiares, amigos y hasta sirvientes, tuvieron acceso a materiales de gran valor histórico y estimativo que el maestro había acumulado a lo largo de su fructífera vida, entre ellos unas polémicas Memorias que jamás fueron publicadas y en las que Ramírez Álvarez incluía, juicios, revelaciones y anécdotas que hubieran hecho palidecer a medio Querétaro. Nadie supo jamás el destino de este codiciado documento.

Con el paso de los años, poco a poco ese patrimonio que algún día el ex rector y catedrático universitario pensó legar a sus estudiantes, fue disminuyendo. Su biblioteca y su hemeroteca, prácticamente saqueadas de sus más importantes ejemplares, fueron enviadas al Salón de la Historia de la Biblioteca Central de la UAQ, donde se encuentran en la actualidad. Y la famosa casa de la calle de Escobedo, aquella que alguna vez fue motivo de gran orgullo y satisfacción para su morador, quedó abandonada y reducida a ruinas.

FRAGMENTO TOMADO DEL CAPÍTULO VIII DEL LIBRO "QUERÉTARO INÉDITO (VOLUMEN II)", DE DAVID ESTRADA.