LA CAPILLA DE MAXIMILIANO

Por David Estrada

En 1900, a una década de la realización de las magnas festividades con motivo del Primer Centenario de la Independencia de México, y con la oculta intención de contar con la simpatía de la realeza europea para tal evento, el presidente Porfirio Díaz Mori (1830-1915) decidió reanudar relaciones diplomáticas con el gobierno de Francisco José I (1830-1917), emperador de Austria, rey de Hungría y de Bohemia, y hermano de Maximiliano, suspendidas después de los trágicos acontecimientos de 1867. Para formalizar este acontecimiento y como un acto de simpatía hacia la Casa Real de los Habsburgo, el gobierno mexicano concedió un permiso especial para edificar un monumento funerario en el sitio exacto del fusilamiento del espurio emperador, proyecto que conforme fue transcurriendo el tiempo se modificó por una Capilla. Los trámites correspondientes a la construcción del oratorio estuvieron a cargo el presbítero Marciano Tinajero y Estrada, director de la Escuela de Artes y Oficios del Señor San José. Aun cuando no existen pruebas que lo demuestren, no ha faltado quien asegure que fue el mismo presidente Díaz quien financió la obra con dinero proveniente de “un fondo secreto que tenía en Estados Unidos”.

La construcción del monumento se inició en los primeros meses del año de 1900, bajo la vigilancia del veterinario austriaco Francisco Kaska, siendo el autor del diseño el arquitecto vienés Maximiliano Von Mitzel.

Por el prestigio de sus trabajos, se encomendó precisamente a la Escuela de Artes y Oficios la elaboración de las rejas de acero de las ventanas y el acceso, así como la puerta y el delicado altar de madera con remates dorados. Por instrucciones de Von Mitzel, en el exterior de la Capilla se colocaron las cruces de cantera que formaron parte del monumento construido por el gobernador Olvera.

El 10 de abril de 1901, el mismo día en que 37 años atrás el archiduque Maximiliano aceptó el trono de México, con una temperatura de 30 grados a la sombra, el obispo de la Diócesis de Querétaro, don Rafael Sabás Camacho (1885-1908), acompañado por el canónigo J. Francisco Figueroa y el presbítero Juan B. Bustos, bendijo solemnemente la Capilla del Cerro de las Campanas, celebrando enseguida la primera misa en memoria de los tres fusilados.

De estilo románico, la Capilla Conmemorativa fue realizada con cantera de la región y forrado su techo con madera de caoba.

En el altar, por primera vez lucía una hermosa pintura que representaba a la Virgen de La Piedad, obra del pintor vienés Delunge, director de la Academia de Bellas Artes de Viena, y que fue obsequiada por la archiduquesa Sofía, madre del infortunado Maximiliano. El pintor mexicano José María Velasco Gómez (1840-1912), director de la Academia de San Carlos, se habría trasladado especialmente a Querétaro, “con el objeto de colocar la pintura convenientemente en el altar”.

Para algunos investigadores, La Piedad, al ser un encargo personal de la archiduquesa por la muerte de su hijo, en realidad se trata de la representación de una madre con su hijo muerto en los brazos, por carecer el ‘Cristo’ de las heridas de la lanza en el costado y de los clavos en las manos y los pies.

Regalo del emperador Francisco José fue una pequeña cruz de madera, de veinte centímetros de longitud, encasquillada en sus extremos y realizada con un fragmento de la fragata “Novara”, el velero de guerra que en 1864 condujo a México a Maximiliano para erigirse emperador y que lo regresó a Miramar, tres años después, derrotado y embalsamado.

Adornaba la mesa eucarística, un finísimo mantón tejido a mano, obsequio de una anónima dama de la sociedad queretana, simpatizante del Segundo Imperio.

Y al pie del altar, se colocaron tres columnas de cantera y mármol con los monogramas de Maximiliano (M), Miramón (M) y Mejía (M) grabados en letras doradas. Tres sencillos montículos rectangulares que marcaban el lugar donde el emperador y sus dos generales cayeron fusilados el 19 de junio de 1867.

Para que los asistentes pudieran  escuchar el servicio religioso con comodidad, fueron dispuestas seis bancas de madera, que fueron divididas en dos filas. Y en la parte trasera del altar se acondicionó una pequeña sacristía para el sacerdote oficiante.

A la ceremonia inaugural asistió, representando a la Casa Real de Austria, el príncipe Carlos Khevenhüller, teniente coronel del Regimiento de los Húsares en 1866.

A partir de 1901 y hasta 1917, cada 19 de junio se celebró en este lugar una misa católica, en la mayoría de las ocasiones oficiada por el obispo de la Diócesis, para después rezar responsos y preces en memoria de los fusilados.

El pueblo, acostumbrado al evento que reunía a lo más selecto de la sociedad queretana, “acudía en buena cantidad” para sumarse respetuosamente al duelo.

Una vez que la Capilla fue declarada Monumento Histórico por el nuevo gobierno constituyente, la federación tomó posesión del recinto y suspendió de manera definitiva todo acto litúrgico, disponiendo que a partir de entonces se convirtiera en atractivo turístico, más que en un lugar de veneración.

LA PRIMERA DESAPARICIÓN DE LA PINTURA

El 16 de marzo de 1931, durante la época conocida como “la osorniada”, la Capilla del Cerro de las Campanas, para entonces ya identificada por los simpatizantes republicanos como “La Capilla de la Justicia”, sufrió su primera profanación: había sido robada la pintura de La Piedad, del pintor vienés Delunge.

Durante todo el gobierno de Saturnino Osornio (1931-35) no se consiguió recuperar el lienzo, causando una gran tristeza entre la comunidad artística local y los seguidores del efímero Segundo Imperio.

Para evitar que el lugar fuera saqueado, el gobierno dispuso su cierre temporal.

Y no fue sino hasta el año de 1935, cuando asumió el poder el coronel Ramón Rodríguez Familiar (1935-39), que se realizaron las primeras pesquisas encaminadas a esclarecer la desaparición de tan valiosa obra.

Para tal efecto, personalmente el gobernador comisionó al inspector de la Policía, coronel José Pérez Tejeda, quien anteriormente se había desempeñado como jefe de las comisiones de seguridad de la Policía del Distrito Federal, y de quien se decía, contaba con la experiencia y las relaciones suficientes dentro de la corporación para dar con los autores del robo.

Los ladrones -algunos aseguraban que había sido el propio Saturnino Osornio-, sabiéndose descubiertos por los eficaces contactos del comisionado gubernamental, optaron por devolver la pintura el día 22 de octubre.

Y así, a escasos días de iniciada oficialmente la investigación, una tarde el inspector Tejeda recibió en sus oficinas un misterioso paquete certificado, con remitente desconocido, procedente de la ciudad de México. En el exterior, con letras muy destacadas, se recomendaba que fuera tratado “con extrema delicadeza”.

Al abrir el paquete y para su sorpresa, el coronel Tejeda se encontró con el preciado lienzo del pintor vienés.
Inmediatamente solicitó una audiencia con el gobernador para hacer entrega de la pintura, evento que fue consignado por la prensa local y festejado por la sociedad en general.

Rodríguez Familiar, temiendo que llegara a repetirse el robo, pidió al pintor queretano Germán Patiño Díaz (1879-1963) la realización de una copia exacta del cuadro, para que fuera expuesta y colocada en el altar de la Capilla del Cerro de las Campanas. Y,  previo aviso a la Casa Real de Austria, que aceptó de muy buen grado, se designó como custodio del óleo original al Museo Regional, del que  el mismo Patiño era director.

Actualmente, el histórico y original cuadro vienés puede ser apreciado por todo visitante nacional y extranjero, en la sala dedicada a la Intervención Francesa y el Triunfo de la República, en el museo anteriormente referido.

ABANDONO Y RESCATE DE LA CAPILLA

Controversial pero histórica, la Capilla Conmemorativa del Cerro de las Campanas permaneció abandonada durante muchos años, siendo víctima del vandalismo.

Durante seis décadas, sólo en dos ocasiones se le dio mantenimiento: en 1941, en el gobierno de Noradino Rubio y en 1961, al final de la gestión de Juan C. Gorráez.

En 1967, al conmemorarse el Primer Centenario del Triunfo de la República, el Cerro de las Campanas se convirtió nuevamente en lugar de veneración, luego que los gobiernos federal y estatal hicieron edificar, en la cima, una enorme estatua del presidente Benito Juárez, y un obelisco de cantera en el lugar donde el emperador Maximiliano se rindió ante el general Mariano Escobedo. El mensaje, para muchos, era claro: la República por encima de cualquier simpatía imperialista.

En 1990, durante la administración del alcalde Braulio Guerra Malo (1988-91), el Cerro de las Campanas fue rescatado y dignificado.

Con una inversión de 3 mil 100 millones de pesos, el municipio  de Querétaro construyó un Parque Recreativo, en una superficie de 3.8 hectáreas, dotándolo de barda perimetral de piedra y hierro forjado, andadores, plazas, sanitarios, un pequeño lago, acueducto y un museo histórico.

La Capilla Conmemorativa fue totalmente restaurada y abierta al público de manera permanente.

La inauguración oficial del Parque Municipal del Cerro de las Campanas se realizó el 5 de febrero de 1991, con la presencia del presidente Carlos Salinas de Gortari y el gobernador Mariano Palacios Alcocer.

En junio del 2006, en el año que se cumplieron 140 años del fusilamiento Maximiliano, la copia del lienzo de La Piedad, realizada en la década de los treinta por el pintor queretano Germán Patiño Díaz, fue sustraída de la Capilla.

Se cuenta que una la mañana, presuntamente varias horas después de cometido el robo, los vigilantes encontraron violado el candado de la puerta y el altar vacío.

Hasta la fecha, la copia de la pintura no ha sido recuperada. Afortunadamente, la original enviada a México por la archiduquesa Sofía, se encuentra resguardada en el Museo Regional.

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LAS PENURIA DEL CADAVER DE MAXIMILIANO: http://davidestrada.org/index.php/queretaro-inedito/18-queretaro-inedito/274-maximiliano-las-penurias-de-un-cadaver

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